Eroica
Hace unos días tuve la suerte de poder ver a la Filarmónica de Londres dirigida por Kurt Masur. El señor Kurt tiene mil años (79 para ser exactos) y las manos le temblaban visiblemente mientras se preparaba para la función. No me lo esperaba, y -prejuzgando- me decepcioné antes de tiempo. Después de todo, ver tocar (bien) una pieza de Beethoven es un espectáculo en sí mismo: una explosión de pasión y sentimientos, violencia y control que te van llevando sutil y sublimemente hacia ese lugar…; quiero decir: hay mucho, muuucho de físico en este asunto, especialmente en el director, que tiene el rol de catalizador de la energía de los otros cincuenta músicos.
No puedo decir que el scherzo y el finale hayan decepcionado a nadie: bastaba cerrar los ojos y dejarse llevar. No era la energía arrolladora y liberada en cortas explosiones que alguna vez sentí escuchando a Karajan, no. Fue algo distinto, mas sutil, igual de emocionante. Es increíble como cada uno sigue descubriendo cosas nuevas después de haber escuchado las mismas notas cientos de veces ya. En fin, volviendo al tema: El pasaje más brillante de todos fue la “Marcia Funebre”, movimiento número dos. Fue literalmente alucinante. Piel de gallina, en una persona al menos… probablemente en cientos. Sensación física… del lado de los afortunados espectadores, y no del director. Fue brillante. Días después todavía sigue resonando en mi cabeza.
No creo que sea casualidad que Kurt haya logrado ese nivel alucinante de perfección en la marcha fúnebre… con una edad tan avanzada. No, definitivamente no creo que haya casualidad aquí. Desde hace un tiempo a esta parte he comenzado a descreer de toda casualidad.
Después del finale, el director volvió a encorvar espalda y hombros, dejó caer sus manos, y el maldito y destructor temblor volvió, visible y violento.
Gracias Kurt. Gracias, como siempre, Ludwig.