Fortuna Imperatrix Mundi

Buenos Aires. Nunca imaginé que iba a estar tan lejos. Alejado. Quien hubiera dicho que iba a extrañar. Tanto. Cómo me iba a imaginar. Esquivaba las baldosas rotas, los graffitis, y ahora los busco y no los puedo encontrar, en ninguna parte.

Hace algunos años corté todo y salí, a recorrer un poquito el mundo, el viejo. Al volver, muchos meses después, fascinado, mi ciudad había cambiado: era más chiquita, más pobre, más alejada. Alejada de qué, no sé, pero lejos: dónde están los castillos, dónde están las catedrales, donde están las callecitas retorcidas como laberintos. Me faltaba eso, estaba asfixiado. El calor, agobiante. Necesitaba salir, quería salir y… salí. Todo sale, todo se dá si uno lo busca, o casi… cursi pero no pero eso menos verdadero.

Muchos miles de quilómetros y un par de años después, y muchas, muchas vueltas, acá estamos. Algunas cosas sabía. Claro que sabía. Me iban a faltar todos los cafés, las veredas donde la gente camina, las calles, las esquinas, los lugarcitos: Dorrego y Amenábar, qué se yo. Los amigos, la familia, las charlas, las caras (conocidas y no). Otras cosas no sabía: los tangos, las voces, las cosas rotas, la gente buena, la gente mala, las miradas.

Otras cosas, otras cosas son iguales… las máscaras, la tristeza. Que sé yo, viste. Las callecitas de Buenos Aires tienen ese… no sé qué…

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