Eroica

Posted Viernes, Diciembre 1, 2006 by ar
Categories: Música

Hace unos días tuve la suerte de poder ver a la Filarmónica de Londres dirigida por Kurt Masur. El señor Kurt tiene mil años (79 para ser exactos) y las manos le temblaban visiblemente mientras se preparaba para la función. No me lo esperaba, y -prejuzgando- me decepcioné antes de tiempo. Después de todo, ver tocar (bien) una pieza de Beethoven es un espectáculo en sí mismo: una explosión de pasión y sentimientos, violencia y control que te van llevando sutil y sublimemente hacia ese lugar…; quiero decir: hay mucho, muuucho de físico en este asunto, especialmente en el director, que tiene el rol de catalizador de la energía de los otros cincuenta músicos.

No puedo decir que el scherzo y el finale hayan decepcionado a nadie: bastaba cerrar los ojos y dejarse llevar. No era la energía arrolladora y liberada en cortas explosiones que alguna vez sentí escuchando a Karajan, no. Fue algo distinto, mas sutil, igual de emocionante. Es increíble como cada uno sigue descubriendo cosas nuevas después de haber escuchado las mismas notas cientos de veces ya. En fin, volviendo al tema: El pasaje más brillante de todos fue la “Marcia Funebre”, movimiento número dos. Fue literalmente alucinante. Piel de gallina, en una persona al menos… probablemente en cientos. Sensación física… del lado de los afortunados espectadores, y no del director. Fue brillante. Días después todavía sigue resonando en mi cabeza.

No creo que sea casualidad que Kurt haya logrado ese nivel alucinante de perfección en la marcha fúnebre… con una edad tan avanzada. No, definitivamente no creo que haya casualidad aquí. Desde hace un tiempo a esta parte he comenzado a descreer de toda casualidad.

Después del finale, el director volvió a encorvar espalda y hombros, dejó caer sus manos, y el maldito y destructor temblor volvió, visible y violento.

Gracias Kurt. Gracias, como siempre, Ludwig.

Hombres y Ratones y La Risa y el olvido y Go Down, Moses y medio Pushkin, con un toque de violencia urbana

Posted Domingo, Noviembre 12, 2006 by ar
Categories: Historias Urbanas, Lecturas, Mi Otro País

John Steinbeck es un maestro. Escribió tan sólo un libro (una y otra vez el mismo libro) y sin embargo no deja de enseñar en cada página. Personajes tan delineados como simples y profundos; un lenguaje limitado en vocabulario, gramática y estructuras y no por eso menos expresivo: más bien al contrario. Tanto que aprender.

Kundera y la sensualidad urbana, la ciudad (Praga, la mágica). A veces pienso que no debe ser posible vivir en Praga y no ser bohemio (no Bohemio, obviamente, sino bohemio). Músico o escritor o escultor o quizas pintor o loco, loco con buen gusto. No engaña el diccionario: Praga explica y define al término. Kundera es un hijo de la ciudad y de la época; me pregunto, ahora que lo intereses rusos dejaron su lugar a los europeos y americanos, de qué manera habrá cambiado la vida de la gente de la ciudad y de sus escritores, me pregunto si se respira un aire de libertad y futuro, o de introspección y pasado.

Flashbacks e introspección, monólogos y alinealidad, juegos gramaticales: tecnicismos y guiños de un Faulkner que experimenta todo el tiempo. Y sin embargo él sabía, todos saben: leer a F. es un placer a pesar de todo eso. Como pasa con las chicas: las que son hermosas, son hermosas a pesar de la moda que adopten… y las que no lo son, nunca lo serán gracias a la ella. Un gran narrador puede ser más o menos técnico, no importa demasiado: al menos no me importa a mí. Y a mucha otra gente tampoco, obviamente: Faulkner y Steinbeck llegaron y se quedaron.

Semanas extrañas estas últimas, de vuelta a las fuentes. Pushkin y los cuentos de la gente del frío, lo blanco y los caminos, Novgorod y castillos y princesas y la constante tensión entre lo francés y lo ruso: Pedro el grande y Luis XIV. El amor simple y llano, la vileza aún más simple, aún más llana, el pueblo y las verdades que todos entendemos, que a todos nos llegan, nos tocan y nos identifican de una o muchas maneras. Esta bueno frenar y volver para atrás y leer los orígenes: ayudan a entender que es una fantasía pensar que la literatura evoluciona. Los genios exploran formas nuevas, claro; y a veces las usan, claro; y es la manera en que a pesar de la forma el mensaje nos llega, lo que nos permite vislumbrar la genialidad, y disfrutarla.

No pude terminar las obras completas de Pushkin: alguien me las robo a mitad de camino. Un ladron urbano, de esos que pueden aparecer al acecho en cualquier ciudad, en cualquier momento. En cualquier ciudad: yo pensaba que en la ciudad que me adoptó estas cosas no pasaban: equivocado estaba. Podía pasar, pasó, quizás ayudado por la falta de prudencia, el exceso de confianza y la guardia baja: tantas historias, ficciones o no, cuentan los riesgos de pelear contra un ladrón: poco que perder versus la libertad y más. Un par de libros y papeles contra un futuro o quizás hasta un presente. Yo no dejé que mis libros se fueran facilmente y fue una locura, pudo haber sido un desastre, y por suerte no lo fue. Tan solo un par de libros.

Seguramente no era eso lo que el ladrón buscaba, pero fue sólo eso lo que se llevó. No puedo dejar de imaginarme la cara del pibe al abrir el bolso y ver tan sólo dos libros. Uno en una lengua extraña, el otro todo subrayado y lleno de comentarios en los márgenes. Me pregunto donde estarán mis libros ahora. Antes me preguntaba, porqué el ataque, porqué a mí. Ahora tan sólo me pregunto por mis libros. Ahora pienso, pobre pibe, se arriesgó y no ganó nada, su reloj dio un tick más, y este tick fue inútil. Cuantos ticks le quedarán? Cosas de ciudad.

Portrait of a Young Man as an Artist

Posted Sábado, Septiembre 16, 2006 by ar
Categories: Historias Urbanas

A veces la vida es como un grito, un aullido solitario y un gemido que parten de la nada y mueren en la luz. Allí donde todos esperamos una segura oscuridad, que nos atrae y nos ayuda a ser anónimos, nos permite respirar, allí, encontramos una luz enceguecedora, que nos expone, y de la que huímos, inútilmente.

La luz, como la oscuridad y el agua, todo lo inunda. Así, el alma lucha por salir y abarcarlo todo: descubrir todo, explorar todo, conocer todo. Y se encuentra con los días, la vida cotidiana, la pelea de la vida y la sobrevida, que la atenuan, sin apagarla. A veces la luz es tenue, a veces, incluso, no produce sombra. A veces es tan pero tan fuerte que la visión es imposible. No es posible ver los días, y las noches no existen, día y noche se funden en un contínuo movimiento enceguecedor y dinámico, blanco, transparente, amorfo.

A veces me pregunto como habran vivido los grandes Creadores. Esos que a todos nos han marcado, que vuelven una y otra vez y otra vez más; esos que nosotros buscamos constantemente, que nos hacen olvidarnos de los días y de las cosas y de la vida, por qué no. Esos que nos hacen vivir otras vidas. Su día a día, su lucha por la existencia. Como habrán vivido, cómo habrán sido sus días, desde la mañana hasta la noche. La pelea contra el frío y el calor, el hambre, el apetito, la necesidad y las náuseas. Y el gran miedo siempre sobreviene en esas ocasiones, el miedo a exponerse a una respuesta obvia y terrible, terrible y obvia. Y la pregunta sobreviene entonces, también terrible, y también obvia, qué nos queda.

Qué nos queda después de los Creadores, después de las Creaciones y los universos ficticios. Cuál se supone que es nuestro rol aquí; y quién lo supone, y por qué.

Actividad, pasividad y contemplación. Es curioso pensar que tal vez, sólo tal vez, estamos aquí para vivir y disfrutar una y otra vez vidas que no son las nuestras. Vidas visitadas, revividas por miles y miles y sin embargo únicas. Vidas Alguien sufrió y Creó y nos dejó, quién sabe por qué, a costa de qué.

Cautiva

Posted Lunes, Julio 10, 2006 by ar
Categories: Buenos Aires, Historias Urbanas, Mi País

Hay ciertas repeticiones, deja-vus, que nunca dejan de sorprenderme. Hace poquito leí el cuento El Matadero de Esteban Echeverría. Es un cuento simple y bonito, dicen que es el primer cuento argentino. Trata de la civilización, la barbarie, la ciudad, y se huele y se siente cierto odio latente, cierta bronca mezquina entre facciones. Y por momentos, muchos momentos, se me cruzaron imágenes y sonidos de libros recientes, como Nunca Mas et.al. Y me quedo esa sensación extraña que suele pasar en estos casos: la idea de que no hay evolución posible, la idea de que todo es un continuo girar alreadedor de un mismo lugar, la idea de que la historia no enseña, y la historia no aprende: quizás, la idea de que cada generación vive su propia historia, y la historia de cada generacion es independiente en muchos sentidos de las historias que la precedieron.

Las esquinas y los cafés

Posted Lunes, Junio 12, 2006 by ar
Categories: Historias Urbanas, Pueblos

Miles y miles de esquinas en cada ciudad y tan solo unas pocas quedan registradas en la memoria de la gente. Registradas en algún lado, quién sabe donde y porqué. Gente que camina, de un lado hacia otro, con o sin rumbo. Circulación, flujo, movimiento, calles que se cruzan una y otra vez.

Siempre me pregunté el por qué de los bares, los cafés. En una esquina cualquiera, un bar, mesas, sillas, ventanas: la calle y la gente que pasa y los autos que todo lo ignoran. Nunca entendí bien por qué rodeado de gente anónima y ruidos y luz y sombras y humo, es más fácil lograr concentrarse, leer, estudiar, pensar, soñar. Curiosa paradoja, la de necesitar factores de distracción para lograr concentrarse… lugares que logran lo que las bibliotecas sueñan. Quizás (sólo quizás) se trate de un fenómeno de ciudad, urbano. Quizás en los pueblos pequeños esto no sucede: sería lógico, uno no es anónimo en un lugar así.

¿Será justamente esa sensación de no ser, de no pertenecer, lo que hace que esas esquinas y sus cafés se conviertan en especiales? Será la gente, será la calle y el movimiento. Será la necesidad que sentimos de dejar de sentir, de salir del centro de la escena, de convertirnos en seres anónimos y mimetizarnos con todo lo que nos rodea.

¿Y cómo se siente la gente que vive en los suburbios? Casas, una tras otra, espacios, jardines, calles, ocasionalmente alguien que camina de aquí para allá. Sin un centro en donde todo converge, en donde todo se une y se concentra. Será (tal vez) que hay gente que no necesita sentirse cerca del centro, alrededor del que todos caminan, pululan. Gente que tal vez sea mas sociable en muchos sentidos que muchos añejos habitantes de los bares. Dos extremos: suburbia, urbania.

Es curioso como a lo largo de la vida uno va oscilando una y otra vez entre los extremos. Y mas curiosa aún es la manera en que la oscilación decrece en amplitud. El mecanismo de un reloj fallado, que termina deteniéndose. Yo, hoy, siento que no podría vivir sin una ciudad que me contenga; la obvia analogía del pez y su agua, siempre válida y brutal.

El viejo Goethe y el joven Werther

Posted Viernes, Mayo 12, 2006 by ar
Categories: Historias Urbanas

"Y cuando bate sus alas en el cielo de los placeres, lo mismo que cuando se sumerge en la desesperación, ¿no se ve siempre detenido y condenado a convencerse de que es débil y pequeño, él, que esperaba perderse en lo infinito?"

 Goethe golpea en Werther.

Recovecos

Posted Jueves, Mayo 11, 2006 by ar
Categories: Historias Urbanas, Mi Otro País

Por qué en esta ciudad norteña y nueva no hay lugares escondidos? Por qué no hay recovecos? Por qué la gente no siente o no muestra sus ganas de recorrer y explorar y caminar? Autopistas y estacionamientos no me dejan ver. Es extraño. Extraño los recovecos.

Fortuna Imperatrix Mundi

Posted Martes, Mayo 9, 2006 by ar
Categories: Buenos Aires, Historias Urbanas

Buenos Aires. Nunca imaginé que iba a estar tan lejos. Alejado. Quien hubiera dicho que iba a extrañar. Tanto. Cómo me iba a imaginar. Esquivaba las baldosas rotas, los graffitis, y ahora los busco y no los puedo encontrar, en ninguna parte.

Hace algunos años corté todo y salí, a recorrer un poquito el mundo, el viejo. Al volver, muchos meses después, fascinado, mi ciudad había cambiado: era más chiquita, más pobre, más alejada. Alejada de qué, no sé, pero lejos: dónde están los castillos, dónde están las catedrales, donde están las callecitas retorcidas como laberintos. Me faltaba eso, estaba asfixiado. El calor, agobiante. Necesitaba salir, quería salir y… salí. Todo sale, todo se dá si uno lo busca, o casi… cursi pero no pero eso menos verdadero.

Muchos miles de quilómetros y un par de años después, y muchas, muchas vueltas, acá estamos. Algunas cosas sabía. Claro que sabía. Me iban a faltar todos los cafés, las veredas donde la gente camina, las calles, las esquinas, los lugarcitos: Dorrego y Amenábar, qué se yo. Los amigos, la familia, las charlas, las caras (conocidas y no). Otras cosas no sabía: los tangos, las voces, las cosas rotas, la gente buena, la gente mala, las miradas.

Otras cosas, otras cosas son iguales… las máscaras, la tristeza. Que sé yo, viste. Las callecitas de Buenos Aires tienen ese… no sé qué…